El Cuerpo... ¿Instrumento de la Danza?
Por Karen Castillo Castillejos
Si la existencia se reduce a poseer un cuerpo, como si fuese un atributo,
entonces, en efecto, la muerte carece de sentido:
no es más que la desaparición de una posesión,
es decir, muy poca cosa.
DAVID LE BRETON, "Antropología del cuerpo y modernidad"
Durante siglos, la danza ha presumido de contar con una herramienta única y capaz de generar movimientos fuera de lo cotidiano, dicho instrumento ha sido reconocido, formado, deformado y habituado a la práctica escénica, éste es sin duda: el cuerpo.
La danza, encargada de estudiar y disciplinar cuerpos muy específicos: de complexión delgada, con habilidades rítmicas y musicales al ejecutar un movimiento, con estructuras óseas bien equilibradas y condición física saludable, se ha propuesto obtener cuerpos capaces de producir los movimientos propuestos. Esta disciplina artística, como las ciencias naturales, ha sido capaz de transformar organismos, moldeándolos conforme a sus necesidades por lo que vale la pena preguntar: ¿qué es lo que permite el moldeamiento del cuerpo?
En primer lugar podríamos hablar de disciplina: el trabajo constante sobre el cuerpo, las muchas horas de entrenamiento, la repetición de ejercicios, los cuidados sobre la dieta, etc. El cuerpo del bailarín es sometido a formas de control continuo, a poderes que actúan como disciplinamientos, los cuales se han establecido como esenciales dentro de la práctica, por lo que figuras como el maestro o el coreógrafo son hoy día indisociables de la danza.
Sin embargo, a pesar de la importancia en la definición del cuerpo del bailarín, de la disciplina y el control, continúa sin quedar claro cómo es posible tal tecnificación sobre el cuerpo, ya que dicho control no es un atributo único de la danza. Por el contrario, responde a una concepción occidental del cuerpo en la que éste es entendido como instrumento, como una máquina capaz de producir trabajo y que por lo tanto es moldeable, intercambiable, adquirible, etcétera.
Es dicha concepción occidental del cuerpo la que ha permitido tanto el moldeamiento como la disciplina, ya que a partir de ésta es que poseemos un cuerpo a través del cual nos instauramos como individuos, como sujetos que han roto relaciones con los otros. Poseer un cuerpo es considerar al mismo como un artefacto del que es preciso asegurar el dominio.
Dicha concepción llegó con la filosofía mecanicista y las transformaciones del siglo XVII en Europa, cuando el Viejo Continente pierde su fundamento religioso y el mundo comienza a concebirse de otra manera: la naturaleza se convierte en un conjunto sistemático de leyes capaces de ser estudiadas por la mente.
El cuerpo, por su parte, es separado de su alma, la que tiene como cualidad la racionalidad; se desconfía de los sentidos por considerárseles incapaces de descubrir la realidad, al menos no como la ciencia que comienza con los estudios sobre el cuerpo, descubre su anatomía y funcionamiento, lo disecciona e impone sobre él a la mente. El cuerpo-máquina se reduce a un instrumento autómata capaz de ser controlado y expuesto a reglamentos que ordenan su tiempo y su actividad.
Pensar el cuerpo como instrumento es afirmar las concepciones que se le atribuyeron en la modernidad, significa privarlo de su capacidad creativa y de las relaciones que establece con su entorno a través de sus sentidos.
La danza, aunque tiene como eje la disciplina de los cuerpos dóciles, no se limita a la racionalización y ejecución de movimientos, en cada uno de ellos se encuentra inmersa la relación de cuerpos con otros cuerpos y de los sentidos que producen emociones: es por esto que presumir del uso de un instrumento pone en riesgo de la práctica artística.
Pensar en el uso del cuerpo como herramienta en la danza, es limitar a la misma a la ejecución, a la eliminación de las acciones en escena para configurarse únicamente como exploración de movimiento. Poseer un cuerpo dentro de la danza, como dentro de la vida, es tener poca cosa, simplemente un recipiente vacío en el que se puede depositar sin reflexionar la acción.
Fotografía: Aoyama de Pablo Madrigal
Video: CEPRODAC



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